EL CORAZÓN DE LAS MANZANAS AL HORNO (Relato ganador 2010)
Pocas horas después de aquella inoportuna visita, vaciaron la librería. Ocurrió durante la noche. Escondieron gran parte de los libros y manuales escritos en lengua anglosajona en la vieja trastienda de “La Maison des Amis des Livres”; librería francesa ubicada en la afamada rue de L’Odeón, regentada por Adrienne Monnier. El resto fue ocultado en las viviendas de los más íntimos, salvándolos de este modo de la confiscación nazi. Horas más tarde, la propietaria de la que hoy es conocida como la librería más famosa del mundo, la señorita Sylvia Beach, era detenida por las tropas alemanas que sitiaban París en aquellos momentos y conducida durante algunos meses a un campo de trabajo en Vitell.
Conocí la librería “Shakespeare and Company” situada en la rue de L’Odeón número 12, frente a “La Maison des Amis des Livres” siendo un niño; corría el año 1923. Ambas librerías convocaban en un pequeño tramo de la calle los mayores talentos de la escena literaria inglesa y francesa. Acudía a ella un par de veces por semana. Recuerdo trepar abriéndome paso por aquellas escaleras de madera hasta alcanzar el primer piso, donde una sala cuyas paredes estaban absolutamente forradas de libros, abría ante mí un maravilloso universo por descubrir entre trazos colmados de sonidos. Los volúmenes que vestían esta primera sala no estaban a la venta, permitiendo a los amantes de la literatura con escasos recursos económicos, como era mi caso, acceder a la lectura y consulta de las obras que la ocupaban, bien tumbado en los colchones, que hacían de sofá, o sentado en el suelo sobre las tablas de madera con la espalda apoyada en una pila de tomos desiguales y los sueños bailando entre letras.
Los domingos coincidiendo con la hora del té, un numeroso grupo de señores muy elegantes y algunas señoras, aunque en menor número, con un toque marcadamente distinguido, subían las escaleras y se adentraban conversando entretenidamente por el pasillo hasta llegar a una sala desde la cual unas espectaculares vistas se abrían a este lado del Sena. Cerraban la puerta y conversaban durante horas. Muchos de ellos portaban textos y cuadernos de anotación bajo el brazo. Los observaba absorto. Apreciaba el glamour y la distinción que otorga la intelectualidad. Varios años después descubrí muchos de aquellos rostros presidiendo la contraportada de numerosos libros de éxito; entonces conocí sus nombres. La señorita Beach servía el té y ofrecía Plum Cake de manzana a los contertulios. Durante aquel tiempo la librería entera adquiría el olor del corazón de las manzanas al horno.
Para cuando concluían la literaria reunión dominical yo había regresado a la casa de servicio, junto a la gran mansión y me disponía en breve a desfilar con Morfeo al país de los sueños. Deseaba algún día formar parte de aquel pequeño paraíso concebido para los amantes de la literatura. Paraíso complejo y lejano para un niño de tan sólo ocho años, con un estilo de vida por aquel entonces nómada, carente de seguridades y continuidad en todo lo tocante a mis días; siempre al servicio de las veleidades de otros más poderosos que la dirigen y sustentan. La realidad que me tocó vivir supuso un obstáculo a la hora de adquirir ciertos hábitos y formas de vida estables, que a edades tan tempranas resultan indispensables en un niño, cuanto menos acercarme de un modo más continuo a los libros de modo que en un futuro pudiese compartir mi parecer literario con aquella generación de eruditos.
“Shakespeare and Company” me brindó la oportunidad de establecer mi propio espacio de referencia, un micromundo incondicional tripulado tan sólo por mí. A la vez me posibilitó el acceso de manera totalmente gratuita a la lectura en mi lengua materna, pues era la única en la capital del Sena que ofrecía de este modo la lectura anglosajona. Gracias a ella evité olvidarla y aprendí a encontrarme. La inmersión lingüística en lengua francesa la realizaba en la escuela, así como en la vida de la calle que impone el día a día. También la librería regentada por Adrianne Monnier situada en el número 7 de la rue de L’Odeón frente a la de la señorita Beach facilitaba la lectura y consulta de ciertos textos y manuales en lengua francesa sin coste económico alguno, pero prefería el olor del corazón de las manzanas al horno.
Poco tiempo después, corría principios de 1925, ofrecieron a mi padre un trabajo importante en su país de origen dentro de Europa y de nuevo nos invadió un cambio de vida que creímos definitivo. Perdí mi refugio literario en medio de esa gran ciudad que es París, donde realmente me sentía como en casa. La vida de una familia errante nunca permite echar raíces. Apenas habíamos permanecido en la Ciudad de la Luz casi dos años cuando tuvimos que dejarla de nuevo.
Prometí algún día, cuando ya fuese un hombre, ejerciera mi profesión y la independencia económica hubiese tocado mi vida con la varita mágica, volver a la librería de la señorita Beach y comprar un buen libro, el mejor.
Transcurrió mi juventud alejada de la capital del Sena y sus encantos, en un país por aquellos años frío y convulsionado. La prematura muerte de mi padre supuso un cambio radical en todo lo que aconteció con posterioridad a mi vida. Cursaba mi último año de educación secundaria (el que permite el acceso a la Universidad), cuando ocurrió, y mis anhelos de alcanzar estudios superiores huyeron, quedando desterrados al país de lo imposible.
Pasaron los años, mas de quince quiero recordar. En mi memoria siempre añoré de modo infinito aquel rincón bohemio al otro lado del Sena. Fue mucho más que una librería. En ningún otro lugar experimenté aquel encanto añejo guiado por la pasión ciega de los libros. Soñaba en ocasiones ascender por las estrechas escaleras al legendario piso alto de la librería de la señorita Beach un domingo cualquiera a la hora del té, atravesar el umbral de aquella magnífica y acogedora sala de tertulias con olor al corazón de las manzanas al horno e intercambiar mis conocimientos sobre el maravilloso mundo literario entre ellos: Elliot, Hemingway, Joyce… Desgraciadamente no pudo ser así.
Corría 1941 cuando regresé a París. Tal como me prometí el día que abandoné la capital francesa encaminé mis pasos hacia la rue de L’Odeón nº 12. La librería permanecía invariable. El color amarillo de su cartel salpicado por la S de Shakespeare en color rojo y el resto de las letras en negro seguían otorgándole ese toque familiar junto a las ventanas, rejas y puerta de un verde oscuro similar al de mi uniforme. Atravesé el umbral sonriente, observando los escasos cambios que había sufrido en estos años. Acercándome hacia el mostrador central reconocí de inmediato a una envejecida pero sonriente señorita Beach. Se giró hacia mí para atender mi petición. Me dirigí a ella en inglés, como tantas otras veces lo hice cuando era niño. Solicité un ejemplar de “Finnegans Wake” de James Joyce. La señorita Beach con el gesto más amargo que hasta aquel momento jamás recibí en mi formada trayectoria vital me lo negó al ver mi uniforme de oficial de la HSSPF (Höere-Höere-SS-und Polizeifürer).
Rogó en inglés cortante, violento, que parecía mascar en cada palabra el desprecio, que abandonase su establecimiento de manera inmediata. Por unos instantes toda mi infancia y adolescencia cayo rodando por las estrechas escaleras de “Shakespeare and Company”, rompiendo en un mosaico de pedazos incalculable el maravilloso sueño que siendo niño tuve una vez. Aquella inesperada y dura acción supuso pocas horas más tarde la desaparición de la librería más famosa del mundo con la señorita Sylvia Beach al frente. Todos sus sueños quedaron en esta orilla del Sena, también los míos.
Me llamo Albert Zeigler, para los más íntimos, Bertie. Pasé mi infancia entre Inglaterra y Francia. La adolescencia y mi futuro los forje en Alemania. Soy el culpable de que la legendaria librería Shakespeare and Company de la señora S. Beach cerrase sus puertas en 1941. Nací en Inglaterra en octubre de 1913. Hijo de Hans Zeigler, (mayordomo del aristócrata alemán Klaus Wilhelm Von Krupp) y Mary Peyton, joven inglesa que trabajó como doncella de una noble amiga de Von Krupp. Mis padres se conocieron en 1912 en Inglaterra donde el afamado aristócrata tenía posesiones y pasaba largas temporadas. Al año decidieron unirse en matrimonio trayéndome al mundo tras nueve meses. Finalizada la I Guerra Mundial la recién estrenada década de los años veinte el París reunía la mayor concentración de artistas de diverso signo, erigiéndose en aquel momento como la capital de la creatividad mundial. El conde alemán decidió establecer su residencia en París donde la inversión en un fuerte negocio requería su inmediata presencia, dados los tiempos que corrían, por tiempo indefinido en la capital francesa. A la vez su estancia en la Ciudad de la Luz le otorgaba la posibilidad de alternar con miembros de la clase alta y asistir a las interesantes reuniones privadas que éstos organizaban atraídos por la bohemia vida parisina y la cercanía de los integrantes de la “Generación Perdida”. Por aquellos años la aristocracia se movía de aquí para allá a merced de sus intereses capitales y sociales, arrastrando con ellos su séquito sin atisbo de misericordia alguna. Un par de años más tarde, en pleno periodo de expansión cultural, comercial y social del país, Klaus Wilhelm Krupp sufre un grave accidente de equitación y fallece. Su viuda esposa antes de prescindir de los servicios de mi padre lo recomienda como hombre de confianza a Egbert Friedrich, coronel al mando de la SS, siendo esta circunstancia la que definitivamente nos enraíza en el país de origen de mi padre: Alemania.
Antes de ingresar en la escuela secundaria (Gymnasion) tuve que realizar un riguroso examen de acceso después de haber finalizado 4º grado. Las excelentes calificaciones que obtuve en la escuela me preparaban sin duda para acceder a estudios superiores cuando quedé huérfano. Otro cambio vital. El coronel Friedrich se ocupó de facilitar mi acceso y formación al servicio de las SS y posteriormente ascendí a oficial de la HSSPF. Friedrich gestionó desde aquel país frío y convulsionado una compensación otorgada a los huérfanos y viudas de los asalariados, consistente en una generosa compensación económica y la formación necesaria para acceder a un puesto de trabajo dentro del estado al hijo primogénito del difunto. Gracias a él, pudimos salir adelante. Simplemente aprendimos a vivir sin sueños…
Quince días antes de la publicación de este artículo enterramos a mi madre. Al cierre de la edición del suplemento que lo incluye finalicé la última página, bastante entrada la madrugada. Logré sentirme profundamente abatido al plasmar el testimonio post morten de aquella lejana historia, mezcla de terciopelo y cicuta. Viajé con la imaginación al París de los años veinte queriendo hallar las sombras y vivencias en ese olor especial que habitaron las paredes del número 12 de la rue de L’Odeón.
Jamás perdoné a mi padre que suicidará sus sueños y el de tantos otros un mes cualquiera de 1941. Por ello hoy los encierro todos en un cuento donde su voz herida en off, da color a estas letras, asegurando que perduren para siempre. Antón Zeigler.
MECÁNICA CLÁSICA (Relato ganador 2009)
La librería “Garcilaso e hijos” tenía un rótulo engañoso. Uno esperaba encontrar a un librero rodeado de su prole bibliófila y cuando se topaba con una mujer sin descendencia reconocida se sentía sutilmente estafado. Doña Amaya Garcilaso no podía evitar que su apellido pareciese un nombre de pila, al igual que no pudo impedir que su padre estuviese tan convencido de que sus herederos iban a engendrar más Garcilasos, que añadir la coletilla “e hijos” le pareciera una obviedad encantadora.
Al margen de este hecho, la librería en cuestión era un sitio de fiar: los libros tenían todas sus hojas y lo que era más extraño y gratificante, las traducciones de las obras de escritores extranjeros no habían sido llevadas a cabo por carniceros lingüísticos.
Doña Amaya no era en sí misma una mujer misteriosa, debido principalmente a su carácter amable y conversador, y ya se sabe que un librero sin un toque de misantropía, no logra jamás las credenciales de personaje enigmático. La señora Garcilaso, con sesenta y dos años muy bien enfundados en sus vaqueros, hacía gala de una memoria portentosa que le permitía localizar casi de inmediato un ejemplar concreto. A pesar de ello, resultaba mucho más sorprendente su destreza para buscar títulos y autores en la base de datos de su ordenador de sobremesa. Era tal la naturalidad con la que tecleaba y manejaba el ratón, que cualquiera habría pensado que en el año en que nació Doña Amaya, las madres acostumbraban a fotografiar a sus hijos con el teléfono móvil, para enviarle después por internet una copia a la abuela del pueblo.
Mi relación con los propietarios de los pequeños comercios de la zona se caracterizaba por el trato cordial y un par de sonrisas desprendidas. Sin embargo, el día que decidí comprarme de una vez por todas “La montaña mágica” en la librería de Doña Amaya, ésta resolvió pasar al nivel de las confidencias al revelarme que títulos como ese habían sido los causantes del periodo más insólito de su existencia. Como respuesta a mi entusiasta gimnasia de cejas se ofreció a contarme la historia completa en caso de que yo no tuviese prisa. Y como lógico es, frente a esta propuesta, mi obligación de ir a comprar guisantes congelados y papel higiénico al mercado de enfrente se esfumó. Me acomodé en la acogedora trastienda frente a un zumo de pomelo (que hasta ese instante desconocía aborrecer) y desplegué mis orejas, al ritmo de “adelante, soy bueno escuchando”.
Mi interlocutora me describió cómo hace algunos años, ante la inminente partida de su viaje anual a los Fiordos, en lugar de cerrar la librería por vacaciones, decidió contratar a un muchacho con vocación de escritor para que se hiciese cargo de la tienda. El mes que estuvo fuera transcurrió con total normalidad en el barrio, exceptuando las quejas debidas al ruido que, algunos vecinos, le transmitieron a su regreso. Al parecer, su ayudante tenía la costumbre de practicar el bricolaje después de cerrar la tienda y, en algunas ocasiones, le habían escuchado aserrar y clavetear hasta bien entrada la noche. Al pedirle explicaciones al muchacho, alegó que sólo estaba haciendo algunas labores de mantenimiento en las estanterías, y que no era consciente de haber importunado tanto al vecindario. Doña Amaya concluyó que era todo un detalle por su parte y, que a veces la gente es tan cascarrabias, que es capaz de echarle la culpa de su insomnio al ruido producido por la digestión de una termita empachada.
Mariano, que este era el nombre del muchacho, después de finalizar su contrato, continuó acercándose por la librería para saludar, consultar cómo iban las ventas y mantener alguna que otra breve charla literaria. Siempre se despedía asegurando que los clientes de la librería Garcilaso experimentarían un giro radical en sus preferencias literarias en un corto espacio de tiempo.
Una mañana, cuando una de sus clientas trataba de alcanzar un ejemplar de la última novela de un escritor, que en opinión de la señora Amaya, tan solvente como vulgar, un tomo de las obras completas de Kafka se precipitó sobre su cabeza, para después despanzurrarse contra el suelo como si se tratase del cadáver de un ave miope. La mujer, aturdida y avergonzada, insistió en comprar el libro suicida y se marchó con su chichón incipiente.
Este hecho no habría constituido más que un anécdota, de no ser porque aquella misma tarde, una adolescente que curioseaba por la sección de literatura fantástica, fue atacada por “Crónicas Marcianas” en el preciso momento en que sacaba de la estantería un volumen de una prefabricada saga de dragones para tontos. En esta ocasión la víctima reaccionó airadamente y se marchó de la librería dando un portazo, maldiciendo y presionándose la cabeza, todo ello ejecutado al unísono con una pericia soberbia.
Doña Amaya, poco inclinada a creer en embrujos y otras patrañas, elaboró un plan deductivo para comprender qué era lo que estaba sucediendo. Ella misma sacó unos cuantos ejemplares de las estanterías sin sufrir perjuicio alguno y, lo que resultaba aún más desconcertante, comprobó que muchos de sus compradores resultaban ilesos tras ojear un número considerable de ejemplares.
Mientras tanto, diversos libros seguían agrediendo a su clientela, así “Viaje al fin de la noche”, encuadernado en tapa dura, arremetió contra un señor con perilla; “La vida instrucciones de uso” embistió a una pasmada mujer con mechas y gimnasio; “Claus y Lucas” se abalanzó sobre un estudiante de medicina que salió disparado al ambulatorio más cercano y, un hombre de complexión regordeta, pero dotado de unos reflejos extraordinarios, esquivó en el último instante un ejemplar homicida de “El ruido y la furia”.
La señora Garcilaso, incapaz de establecer la pauta por la que algunas personas terminaban su visita a la librería con una conmoción y otras no, estaba a punto de sucumbir a la superstición, cuando se percató de que la última víctima de “Velocidad en los jardines”, pretendía comprar una novela romántica de calidad literaria más que cuestionable.
Guiada por una corazonada, se dirigió resueltamente hacia el título que se le antojó más deplorable y, por fin, obtuvo su respuesta. Repitió la misma operación una y otra vez con idéntico resultado: al retirar de su lugar un libro infame, otro ejemplar excelente era disparado con fines lesivos.
Después de inspeccionar todas las estanterías de su librería acumuló sobre el mostrador cincuenta y cuatro dispositivos de complicados resortes y poleas, así como una nota de Mariano en la que argumentaba los motivos de su disparatado plan para fomentar la lectura de calidad, y aprovechaba la ocasión para rogarle a la señora Garcilaso que no revelase la naturaleza del mismo, ya que en breve plazo contaba con poder patentar el invento en todas las librerías del mundo.
Doña Amaya, como mujer tolerante que era, decidió que coaccionar a los lectores de ese modo era una intromisión intolerable en el libre albedrío de las personas, y se desprendió de las cincuenta y dos trampas arrojándolas al contenedor de basuras.
Cuando le pregunté qué había ocurrido con los dos dispositivos restantes sonrío complacida por mi observación. Ella era una persona transigente, pero no un ser impasible. Confiaba poder jubilarse sin que los dos últimos ejemplares dispuestos como armas arrojadizas tuviesen que desempeñar su función, y afortunadamente, así parecían indicarlo los últimos seis años. Nadie había intentado comprar los dos únicos libros que Doña Amaya calificaba de delitos contra la literatura.