Dónde se refugia el arte tras el naufragio de la pintura en la confusión posmoderna? ¿Podían unas telas presas en lienzos inertes echar a volar hacia cotas más excelsas? Las pasarelas europeas se tornaron para algunos escenario de toda una epifanía: la aguja alcanzaba intensidades estéticas reservadas hasta entonces a la ópera o al cine. La alta costura, liberada de la obligación mercantil por el prêt-à-porter, conquistaba su lugar en la esfera de lo sublime. ¿Puede hablarse de moda sin hacerlo de belleza? McQueen bebió sangre y horror de la cultura gótica londinense; Galliano abrazó las frívolas máscaras cortesanas que inundaban los teatros parisinos del XVIII; Saint Laurent arrancó de los grandes cines de Hollywood a una mujer moderna que ahora sería vanguardia ataviada de un ambiguo y arrebatador smoking. Irrumpió en ese instante el capital y, como lo bueno o malo, lo divino o profano, Occidente tipificó democráticamente lo artístico en pro del consumo: ¿qué es el diseño cuando elude mirar a lo absoluto?, ¿perece la raíz ante lo útil?, ¿mataron la