ANDRADE BLANCO, JUAN ANTONIO / ANDRADE, JUAN
En 1914 arrancó la Gran Guerra, un cataclismo de proporciones hasta entonces desconocidas. El camino a la contienda pudo sortearse, pero luego no se encontró terapia a sus secuelas. En 1917 estalló en la Rusia de los zares una revolución social que prometía un horizonte de igualdad y emancipación. Tras una guerra civil devastadora, aquella revolución se acabó haciendo Estado. Como toda revolución, tuvo causas endógenas y singulares, pero fue también la manifestación de un fenómeno global. De 1918 a 1921, una oleada revolucionaria se extendió por Europa, anegando países derrotados en la Gran Guerra. Fue aplastada, contenida o drenada, según los lugares. No llegó a tumbar la arquitectura de aquellos Estados, pero se filtró a sus instituciones y amenazó con volver. Su reflujo abrió espacio a un nuevo movimiento político, el fascismo, que idealizaba la guerra y prometía acabar con la revolución social para siempre. Se propuso, además, acabar con los derechos y libertades fundamentales; a sus ojos, una oportunidad para la corrupción y una vía expedita a la revuelta. En un contexto de crisis el fascismo prometió