Siempre me he preguntado por qué en nuestro tiempo los clásicos griegos, isabelinos o rusos han inspirado con más frecuencia nuevas obras ?monólogos, secuelas, reescrituras? que nuestro teatro del Siglo de Oro. Quizá se deba a un fundado respeto ante un corpus tan patrimonializado; o tal vez a la distancia que, para algunos, instaura el verso; o incluso a cierta desconfianza hacia la universalidad de sus personajes. Y, sin embargo, este temor es reciente: del siglo XVIII hasta mediados del XX se produjo un diálogo libre con nuestro repertorio clásico, como atestiguan las numerosas refundiciones, parodias y apropiaciones.