¿Sabías que un oso pardo macho puede matar a una cría ante los desesperados ojos de la madre solo para forzar otro celo?, ¿que un ingenuo osezno le disputa una carroña a un buitre? ¿Alguna vez has divisado la negra silueta de un lobo carbonero que patrulla las praderas escarchadas preludiando la tragedia de unas ciervas? ¿Cómo se rastrea la sutil pisada de un gato montés junto a una braña, cómo avistar a una blanca rebeca oculta en la inmensidad del hayedo? Muy pocos pueden contarlo y ninguno como Álvaro Arribas, joven naturalista y guía en el concejo asturiano de Somiedo. La suya deviene sin querer y sin saberlo, sin afectación ni artificio la voz grave del monte cantábrico y de una historia que se resiste a morir. Escribe frente a la lumbre y mientras el viento azota, y lo hace ante todo sobre su comunión atávica y profunda, fraguada en mil encuentros furtivos, con ese auténtico portento animal que simboliza, como ningún otro ser de nuestro suelo, «la esperanza del último suspiro salvaje de España»: el Ursus arctos. Pero no es sol