«Me preocupaba mucho, era un problema. A veces se me metía una idea en la cabeza y no paraba de darle vueltas. Como lo que me había picado en el pie. Me sentaba y me frotaba el bulto hasta que se ponía peor, o me sentaba y pensaba, pensaba, pensaba sin parar en el veneno que me estaba creciendo allí dentro, que iba matándolo todo por dentro de mí. Cuando me pongo así no puedo comer ni dormir. Mamá me llevó al médico por lo de las preocupaciones, pero no sirvió de nada. Quiso darme unas pastillas para que se me quitaran las ideas, pero mamá no le dejó. Al final, el doctor se encogió de hombros. -Es autista -dijo-. Se ponen así». UNA NOVELA QUE SE QUEDA CONTIGO MÁS ALLÁ DE LA ÚLTIMA FRASE.