Acababa el año de 1573 y Flandes era un avispero. El duque de Alba, con sus terribles políticas, había sido incapaz de sofocar la revuelta que incendiaba los Países Bajos y Felipe II envió a Bruselas a Luis de Requesens para sustituirlo como gobernador general. Constituyó el reto más difícil de su larga carrera al servicio de la Monarquía Hispánica, en la que, con el título de lugarteniente general de la Mar, había sido la mano derecha de don Juan de Austria en los asuntos mediterráneos, sofocado la revuelta morisca de las Alpujarras y dirigido la victoriosa flota cristiana en la batalla de Lepanto. Pero Flandes era otra historia. Allí se encontró con lo que Alba dejaba atrás: una revuelta calvinista asentada y convencida, ciudades asediadas por socorrer y un ejército descomunal que apenas podía pagarse. Su política debía distar del castigo del duque y gobernarse con «blandura» cuando la ocasión lo permitiera, sin embargo, tras el temprano fracaso del perdón general, quedó la guerra, siempre la guerra. Bajo su mando, algunos de los mejores militares españoles del momento coronoles o maestres de campo tan bre